— Nueve-tres-nueve-ocho-cero-siete. Recibo llamados para Inturist y para la estación y…

— Cuelgue. Lo examinaremos.

— Por favor — dijo Maliánov al tono de discar.

Luego se encaminó hacia el escritorio, se sentó y tomó la pluma. Ahá, ¿dónde vi esa integral? Una cosita tan pulcra, simétrica por todos los costados… ¿dónde la vi? ¡Y ni siquiera una constante, un simple y viejo cero! Bueno, está bien. Dejémosla en la retaguardia. No me gusta dejar nada atrás, es tan desagradable como una muela cariada.

Se dedicó a repasar los cálculos de la noche anterior, y de pronto se sintió bien. ¡Era muy inteligente, por Dios! ¡Ese Maliánov! ¡Qué cabeza! Por fin estás llegando. Y hermano, se ve muy bien. Esa no era una rutinaria «figura de los pivotes en un gran instrumento de tránsito»; ¡era algo que nadie había hecho hasta entonces! Toco madera. Esta integral. ¡Maldita sea la integral, adelante a toda marcha!

Hubo un timbrazo. El timbre de la puerta. Kaliam bajó de la cama de un salto y corrió al vestíbulo con la cola en el aire. Maliánov dejó la pluma con cuidado.

— Están trabajando con todos los efectivos — dijo.

Kaliam describió impacientes círculos en el vestíbulo, metiéndose entre los pies.

—¡Ka-al-liam! — dijo Maliánov con tono contenido pero amenazador—. ¡Vete de aquí, Kaliam!

Abrió la puerta. Al otro lado había un hombre desaseado, sin afeitar y sudoroso; llevaba una chaqueta de color indefinido, que le quedaba demasiado chica. Echado hacia atrás para sostener la enorme caja de cartón que acarreaba, mascullando algo incomprensible, marchó hacia Maliánov.

— Usted, este… — masculló Maliánov, apartándose.

El sujeto astroso ya había entrado en el vestíbulo. Miró a la derecha, hacia la habitación, y dobló con decisión a la izquierda, a la cocina, dejando polvorientas huellas blancas, con los pies, en el linóleo.



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