
— Este, espere un… — murmuró Maliánov, pisándole los talones.
El hombre depositó la caja en un banquito y sacó del bolsillo un manojo de recibos.
—¿Usted es de la Comisión de Inquilinos, o qué? —Quién sabe por qué, Maliánov pensó que tal vez había llegado por fin el plomero para arreglar la pileta del cuarto de baño.
— De la tienda de comestibles — dijo el hombre con voz ronca, y le entregó dos recibos unidos con un alfiler—. Firme aquí.
—¿Qué es esto? — preguntó Maliánov, y vio que eran formularios de pedidos. Coñac… dos botellas; vodka… — . Espere un minuto, no creo haber pedido nada — dijo.
Vio la cuenta. Fue presa de pánico. No tenía tanto dinero en el departamento. Y de todos modos, ¿qué era eso? Por su cerebro asustado pasaron como un relámpago vividas imágenes de complicaciones, como explicarse, rechazar la entrega, discutir, exigir, telefonear a la tienda o quizás ir allí en persona. Pero entonces vio el sello purpúreo: «Pagado», en la esquina del recibo, y el nombre del comprador: I. E. Maliánova. ¡Irina! ¿Qué demonios estaba pasando?
— Firme aquí —insistió el hombre, señalando con la uña negra—. Donde está la X.
Maliánov tomó el cabo de lápiz del hombre y firmó.
— Gracias — dijo, devolviendo el lápiz—. Muchas gracias — repitió, metiéndose en el angosto vestíbulo con el hombre de la chaqueta ajustada, empujando enérgicamente a Kaliam hacia atrás, con el pie. El gato trataba de salir a lamer el suelo de cemento del rellano.
Después Maliánov cerró la puerta y permaneció bajo la lóbrega luz. Tenía la cabeza revuelta.
— Extraño — dijo en voz alta, y volvió a la cocina.
Kaliam frotaba la cabeza contra la caja. Maliánov levantó la tapa y vio cuellos de botellas, paquetes, bolsas y latas. La copia del recibo se hallaba sobre la mesa. Muy bien. El papel carbónico era borroso, como de costumbre, pero pudo entender la letra. Calle Héroe… hmm… todo parecía en orden.
