
Guardó los platos y miró en el cacharro de Kaliam. Todavía estaba muy caliente. Pobre Kaliam. Tendrá que esperar. El pobre y pequeño Kaliam deberá esperar y sufrir, hasta que se enfríe.
Se limpiaba la mano cuando se le ocurrió una idea, como ayer. Y como en la víspera, no la creyó.
— Un minuto, espera un minuto — murmuró, afiebrado, mientras las piernas lo llevaban por el corredor, con el linóleo fresco que se le pegaba en los talones, a través del denso calor amarillo, hasta su escritorio y la estilográfica. Cuernos, ¿dónde estaba? Sin tinta. Por aquí, en alguna parte, había un lápiz. Y entretanto la consideración secundaria, no, la primaria, la fundamental, era la función de Hartwig… y fue como si toda la parte derecha hubiese desaparecido. Las cavidades se volvieron axialmente simétricas… ¡y la vieja integral ya no era cero! Es decir, hasta tal punto no era cero, mi pequeña integral, que el valor era significativamente positivo. ¡Pero qué imagen presenta! ¿Por qué no me di cuenta hace tiempo? Está bien, Maliánov, tranquilízate, hermano, no eres el único. El viejo académico Cómo-se-llama tampoco lo vio. En el espacio amarillo, apenas curvado, las cavidades axialmente simétricas giraban con lentitud, como gigantescas burbujas.
