
El maldito teléfono volvió a sonar. Maliánov lanzó un rugido de cólera, pero continuó escribiendo. Debería desconectarlo por completo. Había un interruptor para eso… Se echó en la otomana y tomó el receptor.
—¡Sí!
—¿Dmitri?
— Sí, ¿quién es?
—¿No me reconoces, perro? — Era Weingarten.
— Ah, eres tú, Val. ¿Qué quieres?
Weingarten vaciló.
—¿Por qué no atiendes tu teléfono?
— Estoy trabajando — respondió Maliánov, furioso. Se mostraba muy poco amistoso. Quería volver al escritorio y ver el resto de la imagen con las burbujas.
— Trabajando — dijo Weingarten—. Construyendo tu edificio inmortal, supongo.
—¿Por qué, querías pasar por aquí?
—¿Pasar? No, en verdad no.
Maliánov perdió los estribos del todo.
—¿Y qué quieres, entonces?
— Escucha, amigo… ¿En qué estás trabajando ahora?
— Estoy trabajando, ya te lo dije.
— No… quiero decir: ¿en qué estás trabajando?
Maliánov quedó atónito. Hacía veinticinco años que conocía a Weingarten, y éste jamás había manifestado una pizca de interés por la labor de Maliánov. A Weingarten nunca le interesó otra cosa que el propio Weingarten, aparte de dos objetos misteriosos: la de dos peniques, de 1934, y la de «medio rublo del cónsul», que no era medio rublo, sino cierto sello postal especial. El vagabundo no tiene nada que hacer, decidió Maliánov. Está tratando de matar el tiempo. ¿O tal vez necesita un techo sobre su cabeza, y quiere llegar de a poco a la pregunta?
