
No obstante, su primer y único empleo en un hospital había acabado en despido. El establishment médico no estaba dispuesto a aceptar reformas, y menos si procedían de jóvenes con las ideas muy claras o, en cualquier caso, de mujeres. Además, puesto que ninguna mujer había cursado estudios de medicina, pues se consideraba inadmisible, todo aquello no era de extrañar. La mayoría de las enfermeras carecía de cualificación, se dedicaba a poner vendajes, traía y llevaba instrumentos, quitaba el polvo, barría, echaba leña al fuego, vaciaba orinales, daba ánimos y poseía una categoría moral sin fisuras.
– ¿Qué me dices? -preguntó Edith-. Supongo que no será imposible. -Había cierto desenfado en su voz, pero la expresión de sus ojos era seria; transmitían una mezcla de esperanza y temor. Hester advirtió que la cuestión le preocupaba de verdad.
– Por supuesto que no -repuso-, pero no es fácil. Muchas de las ocupaciones que se permite ejercer a las mujeres son de una naturaleza tal que te verías sujeta a un tipo de disciplina y condescendencia que te resultarían intolerables.
– Tú lo has soportado -puntualizó Edith. -No indefinidamente -la corrigió Hester-. Además, como tu subsistencia no depende de ello, no pondrás freno a tu lengua como hago yo. -Entonces ¿qué puedo hacer? Se encontraban en el sendero de gravilla que discurría entre las flores. Había un niño con un aro a unos diez metros a la izquierda y dos niñas vestidas de blanco a la derecha.
– No estoy segura, pero haré cuanto esté en mi mano para ayudarte -prometió Hester. Se detuvo y volvió la cabeza hacia el semblante pálido e inquieto de Edith-. Algo habrá. Eres habilidosa con las manos y me dijiste que sabes francés. Sí, lo recuerdo. Averiguaré lo que pueda y te pondré al corriente dentro de una semana, más o menos. No, mejor un poco más tarde; me gustaría recabar toda la información que me sea posible.
