– ¿El sábado de la próxima semana? -le sugirió Edith-. Será el 2 de mayo. Ven a tomar el té a casa.

– ¿Estás segura?

– Sí, por supuesto. No recibimos a nadie, pero puedes venir en calidad de amiga. Eso está aceptado.

– Entonces iré. Gracias.

Edith abrió mucho los ojos por unos instantes, lo que otorgó luminosidad a su cara. Acto seguido estrechó con fuerza la mano de Hester, dio media vuelta y echó a andar con buen paso por el sendero que serpenteaba entre los narcisos en dirección a la casa del guarda.


* * *

Hester caminó durante media hora más con el fin de gozar del aire primaveral antes de regresar a la calle y requerir los servicios de otro coche de caballos que la llevara a casa del comandante Tiplady para reanudar sus obligaciones.

El comandante estaba sentado en un diván, lo que hacía a regañadientes, ya que lo consideraba una pieza de mobiliario afeminada. Sin embargo, le gustaba contemplar a los transeúntes por la ventana y le convenía tener levantada la pierna herida.

– Buenas -saludó en cuanto Hester entró-. ¿Ha disfrutado del paseo? ¿Qué tal está su amiga?

Hester alisó con un gesto automático la manta que lo cubría.

– ¡No me toque! -exclamó con aspereza-. No ha respondido. ¿Cómo está su amiga? Ha salido para reunirse con una amiga, ¿no?

– Sí, eso es. -Dio un golpecito al cojín para ahuecarlo, a pesar de que él le había llamado la atención. Era una de las bromas que se gastaban el uno al otro y con las que ambos disfrutaban. Provocarla se había convertido en el mejor pasatiempo del comandante desde que estaba recluido en una silla o en la cama y había llegado a apreciar sinceramente a la joven. Por lo general se mostraba un tanto nervioso en presencia de las mujeres, ya que había pasado la mayor parte de su vida en compañía de hombres y le habían enseñado que el bello sexo era distinto en todos los aspectos, pues requería que lo trataran de manera incomprensible para la mayoría de los varones, a excepción de los más sensibles.



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