
– ¿Y qué tal está su amiga? -inquirió mientras la observaba. Tenía los ojos de color azul claro y un poblado bigote cano.
– Conmocionada -contestó Hester-. ¿Le apetece un té?
– ¿Porqué?
– Porque es la hora del té. ¿Y panecillos tostados?
– Sí. ¿Por qué estaba conmocionada? ¿Qué le ha dicho usted?
– Le he dado el pésame. -Hester sonrió tras dar media vuelta para llamar al servicio con la campanilla. Por suerte, cocinar no entraba dentro de sus obligaciones, ya que no se le daba demasiado bien.
– ¡No recurra a evasivas conmigo! -exclamó con vehemencia.
Hester agitó la campanilla, se volvió hacia él y adoptó una expresión de seriedad.
– Su hermano falleció anoche en un accidente -explicó-. Se cayó por un pasamanos y murió en el acto.
– ¡Cielo santo! ¿Está segura? -Su rostro, de aspecto pulcro e inocente y piel sonrosada, se tornó grave.
– Me temo que sí.
– ¿Era un hombre dado a la bebida?
– No creo. Por lo menos no hasta ese extremo.
La sirvienta acudió a la llamada y Hester pidió té y panecillos tostados con mantequilla. En cuanto la muchacha se hubo retirado siguió relatando la historia.
– Cayó sobre una armadura y tuvo la desgracia de que le atravesara la alabarda.
Tiplady la miró de hito en hito sin saber con certeza si era víctima de un extraño sentido del humor femenino. No tardó en darse cuenta de que la seriedad de su rostro no era fingida.
