
– Oh, querida. Cuánto lo siento. -Frunció el entrecejo-. De todos modos no puede culparme de que no acabara de creerla. ¡Qué accidente tan ridículo! -Se incorporó un poco en el diván-. ¿Tiene idea de lo difícil que resulta que una alabarda atraviese a un hombre? Debió de caer con una fuerza tremenda. ¿Era un hombre robusto?
– No lo sé. -No había pensado en ello, pero ahora que él lo había mencionado consideró tal posibilidad. Desplomarse con tanta fuerza y tal precisión justo encima de la alabarda que sostenía una armadura inanimada, de tal forma que le atravesara la ropa, le penetrara en la piel y se le clavase entre las costillas era un accidente de lo más inusual. La lanza tenía que haber estado muy bien sujeta al guantelete, el ángulo debió de ser absolutamente preciso y, tal como había sugerido el comandante Tiplady, la fuerza de la caída debió de ser tremenda-. Tal vez sí. No lo conocía, pero su hermana es alta, aunque muy delgada. Quizás él fuese de complexión más robusta. Era militar.
El comandante Tiplady enarcó las cejas.
– No me diga… -Sí, creo que general.
El rostro del comandante se contrajo en una mueca burlona que le resultó difícil reprimir, aunque era consciente de lo inapropiado de su reacción. En los últimos tiempos mostraba un sentido del absurdo que le preocupaba. Lo atribuía a que pasaba demasiado tiempo ocioso, salvo cuando leía, y en compañía de una mujer. -Qué mala suerte -comentó alzando la vista al techo-. Espero que en su epitafio no escriban que murió atravesado por una lanza sostenida por una armadura vacía. Es como el anticlímax de una carrera militar ejemplar, un accidente rayano en lo ridículo. ¡Además era general!
– A mí no me parece tan impropio de un general -repuso Hester con aspereza al recordar algunos fracasos de la guerra de Crimea, como la batalla del Alma, en la que primero se ordenó a los hombres que fueran en una dirección y luego en la otra, hasta que al final quedaron atrapados en el río, lo que provocó cientos de bajas; o el caso de Balaclava, donde la Brigada Ligera, el orgullo de la caballería inglesa, cargó contra los fusiles rusos y fue segada como el césped. Aquello fue un baño de sangre que nunca olvidaría, y tampoco los días y las noches subsiguientes de trabajo ininterrumpido, impotencia y dolor.
