
De repente la muerte de Thaddeus Carlyon le pareció más triste, más real y, al mismo tiempo, mucho menos importante.
Se volvió hacia el comandante Tiplady y empezó a alisar la manta que le cubría las piernas. Él estuvo a punto de protestar, pero se abstuvo al percatarse del cambio que había sufrido la expresión de Hester. La joven agradable y eficiente que tanto le gustaba se había convertido de pronto en la enfermera del ejército que había sido hasta hacía poco, que veía la cara de la muerte cada día y se horrorizaba por su magnitud e inutilidad.
– Dice que era general. -La observó con el entrecejo fruncido-. ¿Cómo se llamaba?
– Carlyon -respondió ella al tiempo que remetía bien la manta-. Thaddeus Carlyon.
– ¿Del ejército de la India? -preguntó. Acto seguido, sin darle tiempo a contestar, añadió-: He oído hablar de un Carlyon que sirvió allí, un tipo intransigente pero muy admirado por sus hombres, con excelente reputación; nunca se amilanó ante el enemigo. No es que sienta una especial predilección por los generales, pero es una lástima que muriera de ese modo.
– Fue rápido -indicó con una mueca. A continuación se entretuvo unos minutos con tareas innecesarias en su mayor parte, moviéndose como una autómata, como si permanecer quieta hubiera supuesto un encarcelamiento.
Por fin llegaron el té y los panecillos. Mientras mordisqueaba la masa crujiente y caliente e intentaba evitar que la mantequilla le resbalara por la mandíbula, se relajó y volvió al presente. Sonrió.
– ¿Le apetece jugar una partida de ajedrez? -propuso. Era lo bastante buena para poner en aprietos al comandante sin llegar a ganarle.
