– Oh, sí -respondió Tiplady con alegría-. Será un placer.


* * *

Durante los días siguientes Hester dedicó su tiempo libre a buscar posibles empleos para Edith Sobell, tal como había prometido. Opinaba que ejercer de enfermera no le resultaría satisfactorio, y ni siquiera asequible. Se consideraba un oficio más que una profesión, y la mayoría de los hombres y mujeres empleados en el ramo pertenecía a una clase social baja y tenía una formación, o carecía por completo de ella, que hacía que se la tratara con escaso respeto y se la pagara en consecuencia. Quienes habían trabajado con la señorita Nightingale, convertida ahora en heroína nacional y objeto casi de la misma admiración que la reina, recibían un trato distinto, pero era demasiado tarde para que Edith pudiera distinguirse de ese modo. Además, aunque Hester sí había gozado de esa oportunidad, le costaba encontrar empleo y sus opiniones apenas se valoraban.

Sin embargo, existían otras posibilidades, sobre todo para personas como Edith, que era inteligente e instruida, con amplios conocimientos tanto de literatura inglesa como de francesa. Quizás hubiera algún caballero que necesitara una escribiente o ayudante que investigara sobre cualquier tema que fuera de su interés. Siempre había gente que redactaba tratados o monografías, y muchas personas requerían los servicios de un colaborador que se dedicara a plasmar sus ideas sobre el papel.

La mayoría de las damas que buscaban una señorita de compañía eran bastante intratables y, en realidad, sólo querían una sirvienta a quien poder mandar y que, además, no se mostrara en desacuerdo con ellas. Sin embargo, había excepciones, como las personas a quienes agradaba viajar pero no les apetecía hacerlo en solitario. Algunas de estas mujeres temibles serían patronas excelentes, amén de interesantes y con mucha personalidad.

Asimismo, existía la posibilidad de dedicarse a la enseñanza: si los alumnos eran lo bastante inteligentes y entusiastas, la docencia resultaba muy gratificante.



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