
Hester estudió todas esas posibilidades, por lo menos para poder decir algo concreto a Edith cuando acudiera a Carlyon House, el 2 de mayo, para tomar el té de la tarde.
La vivienda del comandante Tiplady estaba situada en el extremo sur de Great Titchfield Street y, por consiguiente, a cierta distancia de Clarence Gardens, donde se encontraba Carlyon House. Aunque podía haber ido hasta allí andando, habría tardado casi media hora y habría llegado cansada, acalorada y desaliñada. Aparte, debía reconocer con ironía que la perspectiva de tomar el té en compañía de la anciana señora Carlyon la ponía algo más que nerviosa. Se hubiera preocupado menos si Edith no fuera su amiga, pues entonces habría podido agradarla o desagradarla sin causar daños emocionales. Dadas las circunstancias, hubiera preferido pasar una noche en un campamento militar cerca de Sebastopol a acudir a esa cita.
No obstante, no era el momento de lamentarse, por lo que se enfundó su mejor vestido de muselina. No era nada especial, pero tenía un buen corte, con la cintura entallada y un canesú ligeramente plisado. Estaba un tanto anticuado, pero sólo una mujer interesada por la moda hubiera reparado en ello; el problema eran los ribetes. El oficio de enfermera no le permitía lujos. Cuando se despidió del comandante Tiplady, éste la había observado con cara de aprobación. Era ajeno a los dictados de la moda y las mujeres hermosas lo intimidaban. Los rasgos marcados de la cara de Hester le parecían sumamente atractivos y su figura, tal vez demasiado alta y delgada, no le resultaba en absoluto desagradable. Ella no lo amenazaba con una femineidad agresiva, y su intelecto se asemejaba al de un hombre, lo que le complacía. Nunca había imaginado que una mujer pudiera convertirse en una amiga, pero la experiencia no le disgustaba.
– Va usted muy… arreglada-comentó con un ligero rubor en las mejillas.
