El mismo comentario en boca de otra persona la habría enfurecido. No quería parecer arreglada, pues así era como iban las criadas o las jovencitas. Incluso estaba permitido que las doncellas fueran hermosas; de hecho se les exigía que lo fueran. Sin embargo sabía que él lo decía con sinceridad y habría resultado de una crueldad gratuita ofenderse por el comentario, aunque habría preferido que la calificara de «distinguida» o «atractiva». «Hermosa» era esperar demasiado. Su cuñada, Imogen, sí era hermosa y atractiva. Hester se había dado cuenta a la fuerza cuando ese desastroso policía, Monk, se había obsesionado por ella el año anterior durante el caso de Mecklenburgh Square, pero éste no guardaba ninguna relación con las circunstancias de aquella tarde.

– Gracias, comandante Tiplady -dijo con la mayor cortesía posible-. Tenga cuidado mientras estoy fuera, por favor. Si desea algo, tiene la campanilla al alcance de la mano. No intente ponerse en pie sin llamar a Molly para que lo ayude. Si lo hace -añadió con semblante severo- y vuelve a caerse, tendrá que pasar otras seis semanas en cama. -La amenaza era mucho más temible que el dolor de otra herida, y ella lo sabía. Él hizo una mueca de dolor.

– Por supuesto que no -repuso en tono ofendido. -Así me gusta. -Tras estas palabras se marchó, convencida de que el comandante no se movería.

Subió a un coche de caballos, que recorrió Great Titchfield Street, dobló la esquina de Bolsover Street y circuló por Osnaburgh Street hasta llegar a Clarence Gardens, una distancia de casi dos kilómetros. Se apeó del vehículo poco antes de las cuatro en punto. Curiosamente, se sentía como si se dispusiera a participar por primera vez en una batalla. Era ridículo. Debía intentar tranquilizarse. Lo peor que podía sucederle era sentirse turbada. Tenía que superar esa sensación. Al fin y al cabo no se trataba más que de un profundo desasosiego mental. Era infinitamente mejor que un sentimiento de culpa o de pesar.



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