
Respiró hondo, se irguió y subió por las escaleras delanteras. Accionó el tirador de la campanilla con excesiva fuerza y retrocedió un paso para no estar en el umbral cuando abrieran la puerta.
Una sirvienta vestida con elegancia acudió a su llamada casi de inmediato y la miró con expresión inquisitiva, sin que su bello rostro demostrara otra clase de emoción, tal como era de esperar en una persona de su condición.
– ¿Qué desea, señora?
– Soy la señorita Hester Latterly. Vengo a ver a la señora Sobell -respondió Hester-. Creo que me espera.
– Sí, por supuesto, señorita Latterly. Tenga la amabilidad de pasar. -La puerta se abrió de par en par y la sirvienta se apartó hacia un lado para franquearle la entrada. Tomó el sombrero y la capa de Hester.
El vestíbulo era tan impresionante como había imaginado, revestido con paneles de roble hasta una altura de casi dos metros y medio, de donde colgaban cuadros oscuros con marcos dorados y decorados con hojas de acanto y arabescos. Resplandecía con el brillo de la araña, que ya estaba encendida porque la madera oscurecía la estancia a pesar de la luz natural procedente del exterior.
– Acompáñeme, por favor -indicó la sirvienta, que se adelantó a ella-. La señorita Edith se encuentra en el tocador. El té se servirá dentro de treinta minutos. -A continuación la condujo por las escaleras hasta el primer rellano, donde se hallaba el salón de la primera planta, de uso exclusivo para las señoras de la casa y, por consiguiente, denominado «tocador». Abrió la puerta e informó de la llegada de Hester.
Edith, que miraba por la ventana que daba a la plaza, se volvió con expresión complacida en cuanto supo de la presencia de Hester. Lucía un vestido de color ciruela con ribetes negros. El miriñaque era tan pequeño que casi pasaba inadvertido, y Hester pensó al instante que resultaba muy favorecedor, aparte de que era mucho más práctico que tener que mover tanta tela y tantos aros rígidos. No tuvo demasiado tiempo para observar la estancia; sólo se percató de que predominaban los tonos rosas y dorados y que había un hermoso escritorio de palisandro contra la pared del fondo.
