– ¡Cuánto me alegra que hayas venido! -exclamó Edith-. Aparte de las noticias que puedas traerme, necesito desesperadamente hablar de asuntos mundanos con alguien que no pertenezca a la familia.

– ¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? -Hester adivinó que algo había sucedido, pues notó a su amiga aún más tensa que en su cita anterior. Tenía el cuerpo rígido y se movía con una torpeza inusual incluso teniendo en cuenta que era una mujer grácil. No obstante, lo más revelador eran la fatiga y la ausencia total de su característica alegría.

Edith cerró los ojos y luego los abrió sobremanera.

– La muerte de Thaddeus es infinitamente peor de lo que habíamos supuesto en un principio -informó con voz queda.

– ¿Ah, sí? -Hester estaba perpleja. ¿Qué podía haber peor que la muerte?

– No lo entiendes. -Edith permanecía inmóvil-. Por supuesto que no. No me he explicado lo suficiente, tomo aire-. Ahora dicen que no fue un accidente.

– ¿Dicen? -Hester estaba atónita-. ¿Quiénes?

– La policía, claro está. -Edith parpadeó; estaba pálida-. ¡Dicen que Thaddeus fue asesinado!

Hester se sintió un poco aturdida por unos segundos, como si la confortable sala se hubiera alejado de pronto y ella la contemplara desde la distancia. La cara de Edith se le aparecía bien definida en el centro e indeleble en su mente.

– ¡Oh, querida! ¡Qué horror! ¿Tienen idea de quién fue?

– Eso es lo peor -contestó Edith, que por fin se movió para sentarse en un mullido sofá de color rosa.

Hester se acomodó frente a ella en un sillón.

– Había muy pocos invitados en la cena y no entró nadie del exterior-explicó Edith-, de modo que tuvo que ser uno de ellos. Aparte del señor y la señora Furnival, los anfitriones, los únicos que no pertenecían a mi familia eran el doctor Hargrave y su esposa. -Tragó saliva e intentó sonreír-. Fue espantoso. Sólo estaban Thaddeus y Alexandra; su hija Sabella y su esposo, Fenton Pole, y mi hermana, Damaris, con mi cuñado, Peverell Erskine. No había nadie más.



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