
– ¿Y el servicio? -inquirió Hester con nerviosismo-. Supongo que no cabe la posibilidad de que fuera uno de ellos.
– ¿Con qué objetivo? ¿Por qué iba a matar a Thaddeus uno de los sirvientes?
Los pensamientos se agolpaban a la vez en la mente de Hester.
– ¿Y si sorprendió a alguien robando?
– ¿En el rellano del primer piso? Recuerda que cayó por encima del pasamanos del primer rellano. A esas horas de la noche los sirvientes debían de estar en la planta baja, a excepción quizá de una doncella.
– ¿Joyas?
– ¿Cómo iba él a saber que estaban robando? Si el ladrón hubiera estado en un dormitorio, él no se habría enterado y, en caso de que lo hubiera visto salir, habría supuesto que estaba cumpliendo con sus obligaciones.
La explicación sonaba perfectamente lógica. Hester carecía de otros argumentos. Buscó en su mente, pero no sabía qué decir para confortarla.
– ¿Y el médico? -tanteó.
Edith esbozó una tímida sonrisa para demostrarle que apreciaba sus esfuerzos.
– ¿El doctor Hargrave? No lo creo posible. Damaris me contó lo que ocurrió aquella noche pero no se explicó con demasiada claridad. De hecho estaba deshecha de dolor y no se expresaba de forma congruente.
– Bueno, ¿dónde estaban? -Hester ya había vivido dos asesinatos de cerca, el primero debido a la muerte de sus progenitores, y el segundo a raíz de su amistad con el agente William Monk, que en aquellos momentos trabajaba de detective para quienes desearan localizar a familiares, resolver robos con discreción y asuntos de esa índole en privado, para los casos en los que se prefería no recurrir a las fuerzas del orden o cuando no se había producido delito alguno. Seguro que si empleaba su inteligencia y un poco de lógica podría resultar de alguna ayuda a su amiga.
