– Si en un principio supusieron que se trataba de un accidente -agregó- es porque debía de encontrarse solo. ¿Dónde estaban los demás? En una cena los invitados no suelen pasearse solos por la casa.

– Ahí está el problema -repuso Edith con creciente tristeza-. Damaris no sabía lo que decía. Nunca la he visto tan… tan completamente fuera de control. Ni siquiera Peverell consiguió tranquilizarla o consolarla; ella casi no le dirigió la palabra.

– Tal vez tuvieran una… -Hester buscó la manera más cortés de expresarlo-. ¿Una discusión? ¿Un malentendido?

La boca de Edith se contrajo en una mueca burlona.

– Cuántos eufemismos. ¿Te refieres a una pelea? Lo dudo. Peverell no es de esa clase de personas. Es encantador y la quiere mucho. -Tragó saliva y esbozó una sonrisa apenada, como si acabara de recordar otros eventos o tal vez a otras personas-. No es débil ni mucho menos -prosiguió-. Yo creía que sí, pero tiene una forma especial de tratarla y por lo general termina convenciéndola. Lo cierto es que resulta mucho más eficaz que dar órdenes. Reconozco que no es un hombre que guste nada más verlo, pero me agrada. De hecho, cuanto más lo conozco más le aprecio. Y estoy segura de que ella comparte mi opinión. -Meneó la cabeza con suavidad-. No, recuerdo muy bien en qué estado llegó mi hermana a casa aquella noche. No creo que Peverell tuviera nada que ver.

– ¿Dónde dijo ella que estaban los invitados? Thaddeus, perdón, el general Carlyon, se cayó o fue empujado por el pasamanos desde el primer rellano. ¿Dónde estaban los demás en ese momento?

– No he conseguido sacar nada en claro al respecto -respondió Edith con desesperanza-. Tal vez tú lo logres. He pedido a Damaris que se reúna con nosotras, si es que se acuerda, pues no está muy centrada desde aquella noche.



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