
Hester no conocía a la hermana de Edith, pero había oído hablar de ella con frecuencia, por lo que sabía que era voluble y un tanto indisciplinada, a menos que la hubieran juzgado de forma equivocada.
En aquel preciso momento, como para dejarla en evidencia, se abrió la puerta y Hester vio bajo el dintel a una de las mujeres más atractivas con que se había topado jamás. En aquel instante le pareció increíblemente hermosa, alta, incluso más que ella y Edith, y muy esbelta. Tenía el cabello oscuro y con rizos naturales, a diferencia del estilo rígido en boga, que consistía en llevar la melena recogida hacia atrás y con tirabuzones que caían sobre las orejas, y parecía no preocuparse por los dictados de la moda. De hecho la falda que vestía era de lo más funcional, estaba hecha para trabajar, sin los aros del miriñaque, aunque la blusa tenía unos bordados muy elaborados y unos lazos blancos. Presentaba un aspecto un tanto masculino, no era coqueta ni recatada, sencillamente natural. Tenía la cara alargada y tan expresiva que reflejaba todos sus pensamientos.
Entró y, tras cerrar la puerta, se apoyó contra ella unos momentos, con las manos a la espalda, mientras observaba a Hester con claro interés.
– ¿Eres Hester Latterly? Edith me ha dicho que ibas a venir. Estoy encantada. Tenía ganas de conocerte desde que me contó que estuviste en la guerra de Crimea con la señorita Nightingale. Has de volver otro día, cuando estemos más tranquilas, para explicarnos tus experiencias. -Desplegó una sonrisa radiante-. O más bien para explicármelas, porque dudo de que a papá le pareciera bien, y estoy convencida de que a mamá tampoco, ya que ambos creen que cuando las mujeres no saben dónde está su sitio, que, por supuesto, es en casa, para mantener nuestra civilización a salvo, tiemblan los cimientos de la sociedad.
Se acercó a un canapé neorrococó y se arrellanó en él.
– Se preocupan de que nos acostumbremos a cepillarnos los dientes cada día -prosiguió-, comamos el arroz con leche, hablemos con corrección, pronunciemos todas las letras, llevemos guantes en el momento adecuado, guardemos la compostura ante cualquier vicisitud y, en general, seamos un buen ejemplo para las clases trabajadoras, que confían en que cumplamos tal función.
