
– Si no te resulta demasiado doloroso… -No era cierto. Quería saberlo a toda costa, pero el decoro y la compasión le impidieron presionarla.
Damaris se encogió de hombros y evitó mirar a Hester.
– No me importa hablar del tema. De todas formas todo me da vueltas en la cabeza, se me repite una y otra vez. Algunas partes de lo ocurrido ya ni siquiera me parecen reales.
– Empieza por el principio -le instó Edith al tiempo que se sentaba sobre los pies-. Tal vez consigamos entender lo sucedido. Al parecer alguien mató a Thaddeus, y hasta que se descubra al autor, todo esto va a resultar de lo más desagradable.
Damaris se estremeció y le lanzó una mirada severa. Acto seguido se dirigió a Hester.
– Peverell y yo fuimos los primeros en llegar. Estoy segura de que cuando lo conozcas te parecerá una persona agradable -comentó con naturalidad, sin intención de impresionar-. Estábamos de buen humor y con muchas ganas de pasarlo bien en la fiesta. -Levantó la vista al cielo-. ¿Te lo imaginas? ¿Conoces a Maxim y a Louisa Furnival? No; supongo que no. Edith dice que no pierdes el tiempo con actos sociales.
Hester sonrió y clavó la vista en sus manos, que tenía sobre el regazo, para evitar la mirada de Edith. Era una forma eufemística y muy delicada de expresar la realidad. Ya no era una joven casadera, pues había superado con creces los veinticinco, e incluso a esta edad ya resultaba muy optimista esperar contraer matrimonio. Además, como su padre había perdido su fortuna antes de morir, carecía de dote y, por tanto, de valor social para que alguien decidiera cortejarla. Por otro lado, su carácter era excesivamente directo y tenía opiniones propias que no se abstenía de expresar.
– No tengo tiempo que perder -afirmó.
– Y a mí me sobra -comentó Edith. Hester volvió al tema de conversación inicial.
– Por favor, cuéntame algo de los Furnival. -El rostro de Damaris perdió su tranquilidad.
