
– Lo cierto es que Maxim es muy agradable, aunque un tanto inquietante y sorprendente. Es de una amabilidad extrema y consigue serlo sin resultar cargante. A menudo he pensado que si lo conociera mejor, lo encontraría bastante interesante. Imaginaba que podría enamorarme locamente de él, sólo para saber qué se esconde bajo esa apariencia, si no hubiera conocido a Peverell. Sin embargo, ignoro si podría convertirse en un buen amigo. -Lanzó una mirada a Hester para asegurarse de que la entendía y luego prosiguió con la vista alzada hacia el techo, pintado y con molduras-. Louisa es distinta. Es muy hermosa, tiene una belleza poco común, como un felino salvaje, indómito. No se deja domesticar por nadie. Yo solía envidiarla. -Sonrió con tristeza-. Es muy bajita y femenina. Tiene que levantar la vista para mirar a los hombres, mientras que yo tengo que bajarla para mirar a más de los que me gustaría. Además, está bien dotada en los sitios más favorecedores, no como yo. Tiene unos pómulos muy marcados y anchos, pero cuando dejé de envidiarla y la observé con un poco más de atención me di cuenta de que no me gustaba su boca.
– No has dicho nada sobre su forma de ser, Ris -intervino Edith.
– Es como un gato -afirmó Damaris-. Sensual, rapaz, cuida mucho de su aspecto y sabe cómo resultar encantadora cuando quiere.
Edith lanzó una mirada a Hester.
– Todo apunta a que Damaris no le profesa gran afecto, o que la envidia más de lo que parece.
– No me interrumpas -dijo Damaris con frialdad-. Los siguientes en llegar fueron Thaddeus y Alexandra. Él se comportó como siempre, cortés, pomposo y bastante abstraído, pero Alex estaba pálida y no tanto ensimismada como trastornada. Entonces pensé que debían de haber discutido y, por supuesto, Thaddeus se había salido con la suya.
Hester estuvo tentada de preguntar por qué «por supuesto» pero se percató enseguida de que era una cuestión fútil. Una esposa siempre tenía las de perder, sobre todo en público.
