Al llegar al final del pasillo, aceleró el paso y de pronto se detuvo bruscamente. Jack tropezó con ella y alargó la mano para recuperar el equilibrio. Ella había imaginado que eso sería lo que haría, así que se giró, haciendo que la mano de Jack acabara sobre su pecho izquierdo.

Él se enderezó y se apartó tan rápidamente que estuvo a punto de caerse.

– Lo siento -susurró él.

– Jack. ¿No estarás tratando de insinuarte? Tengo que decir que no has sido demasiado delicado.

– No me estoy insinuando.

– ¿De veras? -preguntó poniendo los brazos en jarras al mirarlo-. ¿Por qué no? ¿Acaso no soy tu tipo?

Él frunció el ceño.

– ¿De qué va todo esto?

– De muchas cosas. No sé por dónde empezar.

– Empieza por el principio. A mí suele funcionarme.

¿El principio? ¿Y cuál era el principio? ¿El momento de la concepción, cuando algún extraño gen de los Palmer había decidido dar vida a una niña con un cociente intelectual excepcional? ¿O más tarde, cuando Meri se había dado cuenta de que nunca se adaptaría en ningún sitio? ¿O quizá el día en que el hombre al que tanto amaba la había rechazado de manera tan cruel?

– Vamos a pasar el mes juntos -dijo ella-. He pensado que podríamos divertirnos más si jugáramos. Sé que te gusta jugar, Jack.

– Tú no eres así, Meri.

– ¿Cómo estás tan seguro? Ha pasado mucho tiempo. He madurado -y girándose lentamente, añadió-: ¿No te gustan los cambios?

– Estás estupenda y lo sabes. Así que, ¿cuál es la cuestión?

La cuestión era que lo deseaba desesperadamente. Lo quería rogándole y suplicándole. Entonces, lo dejaría plantado. Ese era su plan.

– No voy a acostarme contigo. Eres la hermana de Hunter. Le di mi palabra de que cuidaría de ti. Eso quiere decir vigilarte, no acostarme contigo.

Su intención era mantener la calma. Lo había escrito en su lista de cosas para hacer, pero le era imposible.



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