
– Harás ejercicio subiendo las escaleras.
– ¿Te quedas aquí abajo? -preguntó él mirando a su alrededor.
– No, Jack -respondió sonriendo-. Estaré en la segunda planta, frente al dormitorio principal. Tan sólo nos separarán unos metros.
A propósito, Meri abrió los ojos como platos y se inclinó hacia él al hablar. Quería que la insinuación quedara clara. Después de lo que Jack le había hecho pasar once años antes, se merecía que lo hiciera sufrir. Antes de darle la oportunidad de contestar, Meri siguió caminando por el pasillo.
– También hay un despacho -continuó-. Puedes usarlo. Cuenta con acceso a Internet y fax. Yo trabajaré en el comedor. Me gusta dispersar los papeles cuando trabajo. Suelo implicarme mucho.
Enfatizó las últimas palabras y tuvo que hacer un esfuerzo para contener la risa. Lo cierto era que se lo estaba pasando mejor de lo que había imaginado. Tenía que haber castigado a Jack mucho tiempo antes.
Al subir la escalera, se aseguró de menear las caderas y de caminar inclinada ligeramente hacia delante para obligarlo a reparar en sus pantalones cortos. Se los había puesto a propósito, al igual que el top de amplio escote que dejaba muy poco a la imaginación. Le había llevado dos días decidir el atuendo perfecto, pero había merecido la pena ese tiempo.
Los pantalones eran ajustados y lo suficientemente cortos como para dejar ver el final de su trasero. Vulgares, pero efectivos. Sus sandalias tenían unos tacones que las convertían en un arma y que hacían que sus piernas parecieran largas, un buen truco para una mujer tan menuda como ella.
El escote era tan amplio que había tenido que cerrárselo un poco con unas puntadas. Se había puesto maquillaje y unos pendientes largos que casi rozaban sus hombros desnudos.
Si sus compañeros del laboratorio de Ciencias pudieran verla en aquel momento, se habrían caído al suelo de la sorpresa. Con ellos, solía llevar trajes y batas de laboratorio. Durante el mes siguiente, vestiría como una tigresa y disfrutaría de cada minuto.
