– ¿Aquí no hay máquinas?

Ella sonrió.

– Creo que Hunter no estaba en todo. Menos mal que estoy yo aquí.

Él se quedó mirándola.

– ¿Acaso crees que estás al mando?

– Sí.

Jack dejó la taza, se acercó a ella y se quedó mirándola a los ojos.

– Ten cuidado, Meri. Estás jugando a un juego que no conoces. Yo estoy fuera de tu liga y ambos lo sabemos.

¿Un desafío? ¿Estaba loco? Ella siempre ganaba y esa vez también lo haría. Aunque había algo en el modo en que la miraba que la hizo estremecerse, algo que le decía que no era un hombre con el que andar jugando.

Pero era tan sólo un hombre, se dijo. Cuanto antes se lo llevara a la cama, antes podría continuar con su vida.


Jack entró detrás de Meri al enorme gimnasio con vistas al lago. Las instalaciones eran limpias y luminosas y había poca gente haciendo ejercicio. Seguramente se debiera a que era mediodía, pensó mientras se subía a una máquina.

En Dallas solía hacer ejercicio en su propio gimnasio, pero de momento aquél le serviría.

– Podemos hacer el circuito de entrenamiento juntos -dijo, acercándose a él y mostrando una sonrisa burlona-. Se me da muy bien observar.

Estaba tratando de provocarlo. Dijera lo que dijera e hiciese lo que hiciese, Jack estaba decidido a no reaccionar. Meri estaba jugando a un juego que podía resultar peligroso para ella. Quizá no la hubiera cuidado del modo en que debía haberlo hecho, pero la había vigilado. Eso no iba a dejar de hacerlo sólo porque ella estuviera decidida a demostrar algo.

– ¿Quieres que calentemos haciendo un poco de cardio? -preguntó ella-. Podemos correr. Incluso estoy dispuesta a darte ventaja.

– No voy a necesitarla -dijo Jack dirigiéndose a las cintas de correr, sin molestarse en comprobar si ella lo seguía.

– Eso es lo que tú te crees.



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