Meri se colocó en la cinta junto a la de él y la programó. Él hizo lo mismo.

– No solías hacer ejercicio -dijo él unos minutos más tarde, mientras corrían.

Meri apretó unos botones de su cinta y se puso a su ritmo.

– Lo sé. Lo único que me preocupaba era comer. La comida era mi único amigo.

– Éramos amigos -dijo antes de poder evitarlo.

Meri le caía bien. Era la hermana pequeña de Hunter. La consideraba una más de su familia.

– La comida era el único amigo en quien podía confiar -dijo ajustando de nuevo el ritmo de su carrera-. Al menos no desaparecía cuando más la necesitaba.

No tenía sentido defenderse, puesto que tenía razón. Se había marchado justo después del funeral de Hunter. Estaba demasiado abatido por la pérdida y la culpa como para quedarse. Unos meses más tarde, había decidido asegurarse de que Meri estaba bien, así que había contratado a un investigador privado para que le informara mensualmente. Aquellos informes le permitían conocer aspectos básicos de su vida, pero nada en concreto. Más tarde, al crear su propia compañía, había hecho que sus empleados se ocuparan de vigilarla y había aprendido más de ella. Se había enterado de que había madurado para convertirse en toda una mujer. Evidentemente, no le había hecho ninguna falta tenerlo cerca ocupándose de las cosas.

– Lo malo de la comida -continuó ella-, es que tiene efectos secundarios. Pero aun así, no podía parar de comer. Entonces, un día, hice nuevos amigos y dejé de necesitar la comida -dijo y, sonriendo, añadió-: Y todo gracias a los amigos y a un poco de terapia.

– ¿Estuviste en terapia?

Los informes no habían recogido nada de eso.

– Sí, durante un par de años. Soy demasiado lista y rara para llegar a ser normal, pero he aprendido a no darle importancia.

– No eres rara -dijo él.

– Sabes que sí. Pero me gusta cómo soy ahora. Acepto mis cosas buenas y mis cosas malas.

Había muchas buenas, pensó él evitando mirar su cuerpo. Tenía muchas curvas y todas ellas en el sitio perfecto.



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