
Continuaron corriendo uno junto al otro. Después de cinco minutos más, Meri incrementó la velocidad de nuevo. Jack incrementó no sólo la velocidad, sino también la resistencia.
– Crees que eres muy fuerte, ¿eh? -murmuró ella, con voz entrecortada.
– Nunca ganarás esta batalla -dijo él-. Mis piernas son más largas y tengo más masa muscular.
– Eso sólo supone más peso.
Meri corrió un par de minutos más, luego apretó el botón de parada y se bajó. Después de secarse la cara y beber agua, volvió a subirse a la cinta, esa vez a un ritmo más suave. Él corrió unos minutos más.
– Estás en forma -dijo él mientras se dirigían a la sala de pesas.
– Lo sé -sonrió-. Soy una mujer salvaje con las pesas. Aquí es donde deberías presumir, mostrando mayor fuerza en la parte superior del cuerpo. Pero kilo a kilo, seguro que levanto tanto peso como tú. ¿Quieres que haga un gráfico?
Él sonrió.
– No, gracias. Puedo ver tus excusas sin ayudas visuales.
– La realidad no es nunca una excusa -dijo ella mientras tomaba varias pesas y se dirigía a un banco-. Tengo que secarme bien las manos de sudor para evitar que estén resbaladizas. Si no, puede ser peligroso. Hace cosa de un año, casi se me cayó una pesa en la cara.
– Tienes que tener cuidado.
– ¿Eso crees? Pagué mucho dinero por mi nueva nariz. No me has dicho nada de ella. ¿Te gusta?
Se había enterado de la operación. Se la había hecho a los veinte años. Quizá aquella nariz más pequeña la hiciera más guapa, pero tampoco había notado una gran diferencia.
– Está bien -dijo él.
Ella rió.
– No es necesario que me halagues -bromeó-. Mi nariz era enorme y ahora es normal.
– Te preocupas mucho por ser como los demás. Ser como la media no debería ser un objetivo.
Lo miró.
– No he tomado el café necesario como para andar filosofando contigo. Además, tú no sabes nada de lo que es normal. Naciste rico y lo sigues siendo.
