– Tú no eres diferente.

– Cierto, pero no estamos hablando de mí. Como hombre, te riges por distintos parámetros. Si tienes dinero, aunque seas un completo perdedor, cualquier mujer se irá contigo. Pero para mí es diferente. Por eso me hice las operaciones.

– ¿Te has hecho más de una? -preguntó el frunciendo el ceño.

Sólo sabía de su nariz.

Meri se sentó y se inclinó hacia Jack.

– El pecho -dijo en un susurro-. Llevo implantes en el pecho.

Su mirada bajó involuntariamente hacia el escote. Luego giró la cabeza hacia la derecha, fijándose en el banco que tenía al lado.

– ¿Por qué? -preguntó, decidido a no pensar en su cuerpo y menos aún en sus pechos, que de repente le resultaban interesantes.

– Después de perder peso, descubrí que tenía el pecho de un chico de doce años. Era totalmente plana. Era deprimente. Así que me puse implantes.

Meri se puso de pie y se miró al espejo girándose a un lado y a otro.

– No sé. A veces pienso que debería haberme puesto una talla más. ¿Qué te parece?

Jack trató de no mirar, pero no pudo evitarlo. En contra de su voluntad, giró la cabeza y detuvo la mirada en el pecho de Meri. Ella se levantó la camiseta, mostrando el sujetador deportivo que llevaba.

– ¿Te gustan, Jack?

– Son estupendos, cariño -dijo un hombre que pasaba por su lado.

– Gracias -dijo ella bajándose la camiseta rápidamente.

Jack miró al hombre y al instante deseó retorcerle el cuello hasta hacerlo caer al suelo.

– Me encanta ser mujer.

– Te estás quedando conmigo. Voy a ignorarte.

– No estoy segura de que puedas hacerlo, pero puedes intentarlo -dijo ella-. Cambiemos de tema y hablemos de ti. A los hombres os gusta hablar de vosotros.

Jack tomó un par de pesas y se sentó en un banco.



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