Quería decirle que tenía casi su misma edad, solo los separaban cuatro años, y que encajaba con el perfectamente. Pero Jack era de la clase de hombre que tenía docenas de mujeres a su alrededor. Guapas y esbeltas chicas a las que ella odiaba.

– Pero lo superarás y entonces la vida será mucho mejor.

– No lo creo.

Él alargó la mano y acarició su mejilla.

– Tengo grandes esperanzas en ti.

– ¿Y si te equivocas? ¿Y si muero virgen?

Él sonrió.

– No, no será así. Te lo prometo.

– Tonterías.

– Eso se me da bien.

Se inclinó hacia ella y antes de que supiera lo que él iba a hacer, la besó. ¡En la boca!

Apenas sintió el roce de sus labios en los suyos y el beso se acabó.

– ¡No! -exclamó sin pensar y lo agarró por la sudadera-. Jack, no, por favor. Quiero que seas el primero.

Nunca antes había visto a un hombre moverse tan rápido. En un segundo, pasó de estar sentado en su cama a estar de pie junto al umbral de la puerta de su dormitorio.

Se sintió avergonzada. Habría dado cien puntos de su cociente intelectual si hubiera podido retirar aquellas palabras.

Su intención no era que se enterase. Seguramente ya habría adivinado que se sentía atraída por él, pero nunca habría querido confirmárselo.

– Jack, yo…

Él sacudió la cabeza.

– Meri, lo siento. Eres la hermana pequeña de Hunter. Nunca podría… No te veo de esa manera.

Claro que no. ¿Por qué iba a querer a una bestia cuando podía tener tantas bellezas?

– Entiendo. Lo entiendo todo. Vete.

Él comenzó a marcharse, pero se paró y se dio la vuelta.

– Quiero que seamos amigos, Meri -dijo y, con aquellas horribles palabras, se fue.

Meri se sentó al borde de su cama, preguntándose cuándo dejaría de sufrir tanto. ¿Cuándo dejaría de amar a Jack? ¿Cuándo dejaría de desear que la tierra se la tragara cada vez que estaban en la misma habitación?



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