Instintivamente buscó bajo la cama y sacó una bolsa de plástico llena de golosinas. Después de buscar en ella, sacó una chocolatina y la desenvolvió.

Había tocado fondo. Estaba viviendo el peor momento de su vida. Era el fin de la esperanza.

Dio un bocado a la chocolatina. La vergüenza la hizo masticar deprisa y tragar. Cuando el azúcar y la grasa hicieran su efecto, no se sentiría tan mal. Dejaría de sentir la soledad y el rechazo de Jack Howington III.

¿Por qué no podía amarla? Era una buena persona, pero no era rubia ni delgada como las demás chicas con las que él salía y se acostaba.

– Tengo cabeza -murmuró para sí-, y eso asusta a los chicos.

Pronunció aquellas palabras con decisión, pero sabía que era algo más que su increíble cociente intelectual lo que espantaba a los chicos. Era su aspecto. Para ella, la comida lo era todo, especialmente después de la muerte de su madre. Había rechazado la propuesta torpe de su padre de llevarla a un cirujano plástico para que arreglara su nariz. Le había respondido diciendo que si de verdad la quería, que nunca más volviera a hablar del asunto, a pesar de que en el fondo estaba asustada. Tenía miedo de cambiar, a la vez que temía seguir siendo la misma.

Se puso de pie y se quedó mirando la puerta cerrada de la habitación.

– Te odio, Jack -dijo mientras unas lágrimas rodaban por sus mejillas-. Te odio y voy a hacerte sufrir. Voy a madurar y seré tan guapa que querrás acostarte conmigo. Pero me iré y te romperé el corazón. Y si no, al tiempo.


En la actualidad

Jack Howington III había conducido dos días sin parar para llegar al lago Tahoe. Podía haber volado en su avión y luego haber alquilado un coche durante el mes que iba a tener que pasar en casa de Hunter, pero había preferido aprovechar el tiempo del viaje para aclararse las ideas.

Su secretaria se había vuelto loca, incapaz de dar con él en las partes más recónditas del campo, mientras él disfrutaba del silencio. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de silencio en su vida. Incluso cuando estaba a solas, tenía que vérselas con aquellos malditos fantasmas.



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