– Me alegro de saberlo.

Sus ojos eran tan azules como los recordaba, del mismo color y forma que los de Hunter. Aparte de eso y de la sonrisa fácil, aquellos hermanos tenían poco en común.

Hacía años que no la veía, desde el funeral de Hunter. Y la vez anterior…

Apartó el recuerdo de aquella sincera declaración y la torpeza con la que había reaccionado. Habían pasado muchos años y ambos habían recorrido un largo camino desde entonces.

Había madurado, observó al verla bajar los escalones y detenerse frente a él. La muchacha regordeta había desaparecido y se había convertido en una guapa y atractiva mujer que derrochaba seguridad.

En otras circunstancias, habría disfrutado de aquellos cambios, pero no con ella. No con las promesas que había hecho.

– Evidentemente has recibido la carta del abogado, ya que, si no, no estarías aquí -dijo ella-. Tienes que quedarte un mes. Al final de ese plazo habrá una emotiva ceremonia de cesión de la casa al Ayuntamiento de la ciudad, con entrega de las llaves y del dinero. Los otros samuráis y tú podréis disfrutar y poneros al día. Después podréis iros -y dirigiendo la mirada hacia la maleta, añadió-. Veo que viajas ligero de equipaje.

– Así es más fácil trasladarse.

– No tendrás muchas alternativas para una fiesta sorpresa de disfraces.

– ¿Es que va a haber una?

– No que yo sepa.

– Entonces está bien.

Ella ladeó ligeramente la cabeza en un gesto que él recordó. Era curioso cómo podía ver a la muchacha en aquella mujer. Siempre le gustó la muchacha y no había tenido en mente conocer a la mujer.



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