– ¿Entonces qué debemos hacer? -preguntó Frost.

– Advertimos a los semiduendes, y después nos vamos a la playa.

– Pensé que esto acabaría con nuestro día libre -dijo Doyle.

– Cuando no puedes hacer nada más, sigues con tus planes iniciales. Además, todo el mundo se nos unirá en la playa. Podemos hablar de este problema allí tan bien como en la casa. ¿Por qué no dejar que algunos de nosotros disfruten de la arena y el agua mientras el resto debatimos sobre la inmortalidad y el asesinato?

– Muy práctico -dijo Doyle.

Asentí con la cabeza.

– Nos detendremos en el Salón de Té Fael de camino a la playa.

– El Fael no está de camino a la playa -dijo Doyle.

– No, pero si dejamos recado allí sobre los semiduendes, las noticias correrán.

– Podríamos dejar el aviso a Gilda, el Hada Madrina -dijo Frost.

– No, ella podría guardarse la noticia para sí misma de forma que pudiera afirmar más tarde que yo no advertí a los semiduendes porque no era un tema que me preocupara.

– ¿Verdaderamente piensas que te odia más de lo que ama a su gente? -preguntó Frost.

– Ella era el poder gobernante entre los exiliados del mundo feérico en Los Ángeles. Los duendes menores se dirigían a ella para dirimir disputas. Ahora vienen a mí.

– No todos ellos -dijo Frost.

– No, pero sí los suficientes para que piense que estoy tratando de asumir el control de su negocio.

– No queremos parte de sus negocios, legales o ilegales -dijo Doyle.

– Ella fue humana una vez, Doyle. Eso la hace insegura.

– Su poder no parece humano -dijo Frost, temblando.

Estudié su cara.

– Ella no te gusta.

– ¿A ti, sí?

Negué con la cabeza.

– No.

– Siempre hay algo torcido dentro de las mentes y cuerpos de los humanos a los que les es concedido el acceso a la magia salvaje del mundo de las hadas -dijo Doyle.

– A ella le concedieron un deseo -dije-, y deseó ser un hada madrina, pero ella no sabía que no existe tal cosa entre nosotros.



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