– Se ha convertido en un poder a tener en cuenta en esta ciudad -dijo Doyle.

– La has investigado, ¿no?

– Casi te amenazó directamente si continuabas llevándote a su gente. Investigué la fortaleza de un enemigo potencial.

– ¿Y…? -Pregunté.

– Es ella la que debería tener miedo de nosotros -dijo él, y su voz fue otra vez esa voz de antes, cuando él sólo había sido un arma para mí y no una persona.

– Nos pasamos por el Fael, y luego discutiremos qué hacer con Gilda. Si la informamos y ella no avisa a nadie, entonces somos nosotros quienes podemos decir que a ella le importan más los celos que me tiene que su gente.

– Astuto -dijo Doyle.

– Despiadado -agregó Frost.

– Sólo sería despiadado si no advirtiera a los semiduendes de alguna otra forma. No arriesgaré más vidas por algún juego estúpido de poder.

– No es estúpido para ella, Meredith -dijo Doyle-. Ése es todo el poder que ella ha tenido alguna vez, o que jamás tendrá. Las personas hacen cosas muy malas por mantener su poder intacto.

– ¿Es un peligro para nosotros?

– En un ataque frontal, no, pero si utiliza la malicia y el engaño, tiene duendes que le son leales y odian a los sidhe.

– Entonces tendremos que mantenerlos vigilados.

– Lo hacemos -dijo él.

– ¿Espías a la gente sin decírmelo? -Le pregunté.

– Por supuesto que lo hago -contestó.

– ¿No deberías decírmelo primero antes de hacer cosas como ésas?

– ¿Por qué?

Miré a Frost.

– ¿Le puedes explicar por qué debería contarme estas cosas?

– Pienso que él te está tratando como la mayoría de miembros de la familia real quieren ser tratados -dijo Frost.

– ¿Qué significa eso? -Pregunté.

– El poder negar algo de una forma plausible es muy importante entre los monarcas -dijo él.



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