– ¿Tú ves a Gilda como un monarca del mismo nivel? -Pregunté.

– Ella se ve como tal -dijo Doyle-. Siempre es mejor dejar que los reyes insignificantes conserven sus coronas hasta que queramos la corona y la cabeza sobre la que se asienta.

– Éste es el siglo veintiuno, Doyle. Tú no puedes manejar nuestra vida como si estuviéramos en el décimo.

– He estado mirando vuestros informativos y leyendo libros sobre los gobiernos que existen hoy en día, Merry. Las cosas no han cambiado tanto. Simplemente, ahora hay más secreto.

Quise preguntarle cómo sabía eso. Quise preguntarle si conocía secretos gubernamentales que me hicieran dudar de mi gobierno, y de mi país. Pero finalmente, no pregunté. En primer lugar, no estaba segura de que me dijera la verdad si pensaba que eso me contrariaría. Y por otro, un magnicidio parecía bastante por un día. Hice que Frost llamara a casa y alertara a nuestra gente de que permaneciera cerca de la casa y tuvieran cuidado con los desconocidos, porque de lo único de lo que estaba segura era de que no era uno de nosotros. Más allá de eso no tenía ni idea. Me preocuparía por espías y gobiernos otro día, cuando la imagen de los cadáveres alados no estuviera todavía bailando ante mis ojos.

CAPÍTULO 3

ME DIRIGÍ HACIA EL SALÓN DE TÉ FAEL, Y DOYLE TENÍA razón. No estaba cerca de la playa, donde todo el mundo estaría esperando. Se situaba a manzanas de distancia, en lo que en un primer momento había sido una mala zona de la ciudad y luego se había aburguesado siendo ocupada por los yuppies, para más tarde convertirse en un lugar donde las hadas se habían establecido convirtiéndolo en un lugar más mágico. Se llegó a convertir en un centro turístico donde los adolescentes y universitarios iban a pasar el rato. Los jóvenes siempre se han visto atraídos por los fantasiosos. Es por eso que durante siglos los humanos han puesto amuletos a sus hijos para protegerles y evitar que les arrebatáramos a los mejores, más brillantes y creativos. Nos gustan los artistas.



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