
Como de costumbre, Doyle iba aferrado a la puerta y al salpicadero del coche. Siempre se sentaba de esa forma cuando iba en el asiento delantero. Frost le tenía menos miedo a los coches y al tráfico de Los Ángeles, pero Doyle insistía en que como capitán él debía sentarse a mi lado. Lo cierto era que yo encontraba encantador ese acto de valentía por su parte, aunque me guardé para mí misma cualquier comentario al respecto. No estaba segura de cómo se lo iba a tomar.
Él se las arregló para decir…
– Prefiero este coche al otro que conduces. Éste está más alto desde el nivel del suelo.
– Es un SUV
El SUV en realidad pertenecía a Maeve Reed, como muchas de nuestras cosas. Su chofer se había ofrecido a conducir para nosotros, pero en el momento en que llamó la policía decidí que la limusina se quedaba en casa. Ya tenía bastantes problemas para conseguir que la policía me tomara en serio como para aparecer en una limusina. Nunca se olvidarían de eso, y Lucy tampoco se olvidaría, y eso me importaba mucho más. Era su trabajo. En cierto sentido, los otros policías tenían razón. Yo sólo estaba allí de paso.
Sabía que parte del problema de Doyle era el coche en sí, toda esa acumulación de tecnología y metal. Aunque yo sabía de muchos semiduendes que tenían coches propios y conducían. La mayoría de los sidhe no tenían problemas con los rascacielos modernos, y estaban repletos de metal y de tecnología. Doyle también le tenía miedo a los aviones. Era uno de sus puntos débiles.
– ¡Ahí hay un sitio! -gritó Frost, señalando. Maniobré el enorme SUV hacia el hueco. Tuve que acelerar y casi golpeé a un coche más pequeño que estaba intentando adelantarme para quitarme el sitio. Doyle tragó saliva y dejó escapar un suspiro tembloroso. Quise preguntarle por qué ir en la parte trasera de la limusina no le molestaba tanto, pero me contuve. No estaba segura de que hacerle notar que sólo tenía miedo en el asiento delantero de un automóvil no le hiciera también coger miedo a la limusina. Y eso no era necesario.
