
Tenía el sitio, aunque aparcar el Escalade
Podía ver el rótulo del Fael desde el coche, sólo unas pocas tiendas más abajo. Por una vez habíamos conseguido aparcar a menos de una manzana de distancia. Perfecto.
Esperé a que Doyle saliera estremeciéndose del coche y a que Frost se desatara y llegara junto a mi puerta. Yo sabía que era mejor no salir sin que uno de los dos estuviera a mi lado.
Se habían asegurado de que yo entendiera que parte del trabajo de un guardaespaldas consistía en entrenar a su protegido para que colaborase con ellos y su trabajo de protección. Sus altos cuerpos formaban una muralla a mi alrededor cuando estábamos en la calle. Si hubiera existido una amenaza potencial hubiera tenido más guardias. Como precaución, dos era lo mínimo. Tenerlos sólo como precaución me gustaba, quería decir que nadie estaba tratando de matarme. Y que eso fuera una novedad, decía mucho sobre los últimos años de mi vida. Tal vez no vivía el “Felices para siempre” que pintaban los periódicos sensacionalistas, pero definitivamente era mucho más feliz.
Frost me ayudó a bajar del SUV, lo cual ya me iba bien. Siempre hay un momento en el que me siento como una niña pequeña cuando me subo al Escalade. Era como estar sentada en una silla donde los pies no te llegan al suelo. Me hacía sentir como si tuviera seis años, pero el brazo de Frost bajo el mío, su altura y corpulencia me recordaron que yo ya no era una niña y que estaba a décadas de distancia de los seis años.
Se oyó la voz de Doyle…
– Fear Dearg
Frost se detuvo en mitad del movimiento e interpuso su cuerpo más sólido delante de mí, protegiéndome, porque Fear Dearg no era un nombre. Los Fear Dearg eran muy viejos, lo que quedaba de un antiguo reino de hadas anterior a las Cortes de la Luz y de la Oscuridad.
