La Detective Lucy Tate se acercó a mí. Llevaba puesto un traje de chaqueta y pantalón, con una camisa blanca abotonada hasta arriba, un poco tirante en la pechera porque Lucy, como yo, tenía mucho busto que cubrir. Pero yo no era detective, así que no tenía que fingir que era un hombre para intentar encajar. Había trabajado para una agencia de detectives que se aprovechó del hecho de que yo era la Princesa Meredith, el único miembro de la familia real de las hadas nacida en suelo americano, y ahora volvía a trabajar para ellos, para la Agencia de Detectives Grey: “Problemas Sobrenaturales; Soluciones Mágicas”. A la gente le encantaba pagar mucho dinero para ver a la princesa, y hacer que escuchara sus problemas. De hecho, a día de hoy empezaba a sentirme un poco como un fenómeno de feria o algo así. Y hoy, me habría encantado estar de vuelta en la oficina para escuchar algún problema mundano que realmente no necesitara de mis habilidades especiales, para ayudar a algún humano lo bastante rico como para pagar mi tiempo. Realmente, hubiera preferido hacer muchas otras cosas antes que estar aquí de pie mirando fijamente una docena de duendes muertos.

– ¿Qué piensas? -me preguntó.

Lo que realmente pensaba era que me alegraba de que los cuerpos fueran lo bastante pequeños como para que los árboles cubrieran la mayor parte del olor, pero eso sería admitir una debilidad, y uno no hacía semejante cosa en las raras ocasiones en las que se conseguía trabajar con la policía. Tenías que ser una profesional y resistente a cualquier cosa o ellos pensarían mal de ti, incluidas las mujeres policías, casi que especialmente ellas.

– Están colocados como en los cuentos infantiles, en posturas de baile y con flores en las manos.



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