
Lucy asintió.
– No están como si lo fueran, es así.
– ¿Cómo…? -pregunté, mirándola. Llevaba su pelo moreno más corto que el mío, recogido por una gruesa cinta de modo que nada entorpeciera su visión. Mientras que yo todavía luchaba con mi propio cabello, ella se veía fresca y profesional.
Utilizó su mano enguantada para sostener una página envuelta en plástico. Me la tendió, aunque no pensaba tocarla ni con los guantes . Yo era un civil, y era muy consciente de ello mientras caminaba con toda la pasma de camino al centro de toda esa actividad. La policía nunca había sido muy afectuosa con los detectives privados, sin importar lo que uno viera en la televisión, y además, yo ni siquiera era humana. Por supuesto, si lo hubiera sido, no me habrían llamado en primer lugar para examinar la escena del crimen. Yo estaba aquí porque era una detective cualificada y una princesa de las hadas. Una cosa sin la otra no me habría hecho atravesar el cordón policial.
Contemplé la página. El viento trató de arrebatársela de la mano, y ella utilizó las dos para sujetarla delante de mí. Era una ilustración de un cuento infantil. En ella, los duendes bailaban con flores en las manos. Lo miré durante un segundo, luego miré hacia los cuerpos que yacían sobre el suelo. Me obligué a estudiar sus formas muertas, y luego a volver a mirar la ilustración.
– Están igual, parecen idénticos -comenté.
– Así es, aunque tendríamos que contactar con algún experto en flora para que compare las flores, para constatar que nuestro asesino ha duplicado la escena del crimen.
Miré fijamente de uno al otro otra vez, unas caras muy felices en el dibujo y las otras muy, muy muertas sobre el suelo. Su piel ya había comenzado a cambiar de color, volviéndose del azul amoratado de la muerte.
– Él, o ella, tuvo que vestirlos -indiqué. -No importa cuántas ilustraciones veas con esas pequeñas túnicas y taparrabos, la mayoría de los semiduendes fuera del mundo feérico no visten de esta manera. Los he visto llevar trajes de tres piezas y ropa de noche formal.
