Eso quería decir que como mínimo el Fear Dearg tenía más de tres mil años. Todos los que quedaban eran muy viejos, porque no tenían mujeres y por lo tanto no nacían nuevos Fear Dearg. Parecían una mezcla entre un brownie, un duende, y una pesadilla, una pesadilla que podía hacer que un hombre pensara que una piedra era su esposa, o que un acantilado sobre el mar fuera un camino seguro. Y algunos se deleitaban con el tipo de tortura que le habría gustado a mi tía. Una vez la había visto desollar a un noble sidhe hasta que quedó irreconocible, haciendo luego que la siguiera atado con una correa como un perro.

Un Fear Dearg podría ser más alto que el humano medio o podría ser unos 30 centímetros más bajo que yo, o de cualquier otra talla entre los dos extremos. Entre ellos sólo se parecían en que según los cánones humanos no eran hermosos y que vestían de rojo.

La voz que contestó la pregunta de Doyle era de un tono muy alto, aunque definitivamente masculino, pero sonaba quejumbrosa con ese tono que normalmente asocias a una edad avanzada en un humano. Nunca había oído ese tono en la voz de un duende.

– ¿Por qué? Para guardarte una plaza de parking, primo.

– Nosotros no somos parientes, y… ¿cómo sabías que tenías que guardar una plaza de aparcamiento para nosotros? -preguntó Doyle, y ahora no se oía en su voz profunda ningún indicio de su debilidad en el coche.

Él ignoró la pregunta.

– Oh, vamos. Soy un cambia formas, un duende que utiliza el encanto, como lo era tu padre. Un Phouka

– Yo soy la Oscuridad de la Reina, no algún Fear Dearg sin nombre.

– Ah, y ahí está el problema -dijo con su voz aguda. -Ése es el nombre que necesito.

– ¿Qué quieres decir con eso, Fear Dearg? -preguntó Doyle.

– Quiere decir que tengo una historia que contar, y que lo mejor sería contarla dentro del Fael, donde vuestro anfitrión y mi jefe os espera. U… ¿os negaríais a aceptar la hospitalidad de nuestro establecimiento?



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