
– ¿Trabajas en el Fael? -preguntó Doyle.
– Así es.
– ¿Cuál es tu trabajo allí?
– Soy de seguridad.
– No sabía que en el Fael necesitaran seguridad adicional.
– Mi jefe cree que es necesario. Ahora lo preguntaré otra vez… ¿vas a rechazar nuestra hospitalidad? Y piénsate bien la respuesta esta vez, primo, porque entre los de mi clase todavía se aplican las viejas reglas. No tengo alternativa.
Ésa era una pregunta capciosa, porque una de las cosas por las que se conocía a los Fear Dearg era por aparecerse en una noche oscura y húmeda, invitándote a calentarte junto al fuego. O bien, el Fear Dearg podría ofrecerte el único refugio en una noche tempestuosa, y un humano podría vagar dentro, atraído por su fuego. Si el humano rechazaba su hospitalidad o trataba al Fear Dearg de manera descortés, éste utilizaría su encanto para hacerle daño. Si le trataba bien, saldría ileso y a veces haría algún quehacer doméstico en agradecimiento u ofrecería al humano un presente de buena suerte durante un rato. Aunque normalmente, lo mejor que podría esperar es quedar en paz.
Pero yo no podía esconderme toda la vida detrás del cuerpo de Frost y empezaba a sentirme un poco ridícula. Conocía la reputación de los Fear Dearg, y también sabía que por alguna razón los otros duendes, especialmente los más viejos, les tenían cierto afecto. Toqué el pecho de Frost, pero él no se iba a mover hasta que Doyle se lo dijera o yo armara un jaleo. No quería organizar un escándalo delante de desconocidos. El hecho de que mis guardaespaldas a veces se oyeran antes el uno al otro que a mí era algo en lo cual estábamos trabajando.
– Doyle, él no ha hecho nada más que ser cortés con nosotros.
– He visto lo que su clase les hace a los mortales.
– ¿Es peor que lo que he visto hacer a los de nuestra clase a otros?
Frost realmente me miró entonces, aún estando alerta ante cualquier amenaza que podría, o no, venir. La mirada incluso a través de sus gafas me dijo que yo estaba revelando demasiado delante de alguien que no era un miembro de nuestra corte.
