– Oímos lo que te hizo el rey de oro, Reina Meredith.

Aspiré profundamente, dejando escapar el aire muy lentamente. El rey de oro era mi tío por parte de madre, Taranis, más bien un tío abuelo, y el rey de la Corte de la Luz, la multitud dorada. Él usó la magia como una droga de violación, y en algún lugar había una unidad de almacenamiento forense donde se había depositado la evidencia de que me había violado. Estábamos tratando de acusarle de violación ante la justicia humana. Todo eso proporcionó a la Corte de la Luz la peor publicidad de su historia.

Intenté mirar por un lado del cuerpo de Frost para ver con quién hablaba, pero el cuerpo de Doyle también estaba delante, así que le hablé al aire…

– No soy reina.

– No eres reina de la Corte Oscura, pero eres la reina de los Sluagh, y si yo pertenezco a alguna corte de las que partieron de la Tierra del Verano, es a la de Sholto, Rey de los Sluagh.

El mundo de las hadas, o la Diosa, o ambos, me habían coronado dos veces esa noche. La primera corona cuando estuve con Sholto en su sithen. Fuimos coronados como el Rey y la Reina de los Sluagh, la hueste oscura, las pesadillas del mundo de las hadas, tan oscuros que incluso los de la Corte Oscura no les permitirían refugiarse en su sithen, aunque en una pelea sería a los primeros a los que llamarían. Esa corona desapareció cuando apareció una segunda corona, la que me habría coronado Reina del Mundo de las Hadas. Doyle habría sido mi rey, y durante un tiempo fue tradición que todos los reyes de Irlanda se casaran con la misma mujer, la Diosa, quien fue una reina real para cada rey, al menos por una noche. Nosotros no siempre nos regíamos por las tradicionales leyes humanas de la monogamia.



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