Sholto era uno de los padres de los niños que llevaba, tal como la Diosa nos había mostrado a todos nosotros. Así que técnicamente era todavía su reina. Sholto no me había presionado con este tema, al menos en el mes que llevábamos de regreso en Los Ángeles. Parecía entender que yo estaba luchando por encontrar mi sitio en este nuevo y casi permanente exilio.

Todo lo que se me ocurrió decir en voz alta fue…

– No pensé que los Fear Dearg debieran lealtad a cualquiera de las cortes.

– Algunos de nosotros peleamos con los sluagh en las últimas guerras. Esto nos permitió traer la muerte y el dolor sin que el resto de vuestra buena gente -y él se aseguró de que en la última frase se pudiera oír la amargura y el desprecio que le embargaban- nos diera caza y dictara sentencia por hacer lo que estaba en nuestra naturaleza. Los sidhe de cualquiera de las Cortes no pueden prevalecer legalmente sobre los Fear Dearg, ¿no es así, pariente?

– No reconoceré parentesco contigo, Fear Dearg, pero Meredith tiene razón. Has actuado con cortesía. No puedo hacer menos. -Era interesante que Doyle hubiera abandonado lo de “Princesa”, que normalmente utilizaba delante de todos los duendes menores, y que tampoco utilizaba en presencia de la reina. Eso me decía que él estaba interesado en que el Fear Dearg me reconociera como reina, y eso me interesaba mucho.

– Bien -dijo el Fear Dearg. -Entonces te llevaré junto a Dobbin, ah, Robert, como se hace llamar ahora a sí mismo. Todo un lujo eso de tener dos nombres para uno mismo. Qué desperdicio cuando hay otros sin ningún nombre y que se han quedado con las ganas de tenerlo.

– Escucharemos tu historia, Fear Dearg, pero primero tenemos que hablar con cualquier semiduende que haya en el Fael -le dije.

– ¿Por qué? -Preguntó, y había demasiada curiosidad en sólo dos palabras. Recordé entonces que algunos Fear Dearg solicitaban una historia de sus huéspedes humanos, y si la historia no era lo bastante buena los torturaban y mataban. Pero si la historia era lo bastante buena los dejaban ir con una bendición. ¿Por qué un ser que tenía miles de años se interesaría por historias vagas? Y, ¿a qué se debía su obsesión con los nombres?



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