
– Me preguntaste si los semiduendes eran inmortales, y la respuesta es sí. -Era todo lo que yo podría decirle hasta averiguar si la mortalidad se extendía entre los duendes. Hasta ahora sólo se habían dado casos aislados dentro del mundo feérico.
– Entonces… ¿cómo lo hizo el asesino?
Yo sólo había visto a otro semiduende morir por una hoja que no fuera de hierro frío. Hoja que fue esgrimida por un noble de la Corte Oscura. Un sidhe, y uno de mis parientes sanguíneos. Habíamos ejecutado al sidhe que lo hizo, aunque dijo que no había pensado matarla. Él sólo quiso herirla atravesándole el corazón, igual que ella había herido profundamente el suyo al abandonarlo -poético y la clase de tontería romántica que se hace cuando uno está acostumbrado a estar rodeado de seres a los que puedes cortar la cabeza y siguen viviendo-. Aunque esto último no ha funcionado desde hace mucho tiempo incluso entre los sidhe, y tampoco lo íbamos contando por ahí. A nadie le gusta hablar del hecho de que su gente está perdiendo su magia y su poder.
¿El asesino era un sidhe? De alguna manera no pensé que lo fuera. Ellos podrían matar a un duende menor por arrogancia o por una cuestión de honor, pero esto tenía el regusto de algo mucho más complicado que eso, un motivo que sólo el asesino entendería.
Medité cuidadosamente mi propio razonamiento para estar segura de que no estaba considerando como sospechosos a la Corte Oscura, la Multitud Oscura. Una Corte que me había ofrecido su trono y que yo había rechazado por amor. La prensa sensacionalista todavía hablaba del final del cuento de hadas, pero mucha gente había muerto, algunos de ellos por mi propia mano, y como en la mayoría de los cuentos de hadas, se trataba más de la sangre y de ser sincero con uno mismo que del amor. El amor acabó por ser la emoción que me había conducido a saber lo que realmente quería, y quién era yo en realidad. Creo que hay emociones mucho peores que seguir.
