Doyle había sido llamado la Oscuridad de la Reina durante miles años, y encajaba con ese apodo. De piel y cabello negro, con ojos también negros ocultos tras unas gafas de sol negras. Su pelo negro estaba recogido a su espalda en una apretada trenza. Sólo los pendientes de plata que ascendían por el lóbulo de su oreja puntiaguda suavizaban el negro-sobre-negro de sus tejanos, camiseta, y chaqueta de cuero negros. Esta última debía de esconder las armas que llevaba. Era el capitán de mis guardaespaldas, así como uno de los padres de mis bebes no natos, y uno de mis amores más queridos. El otro amor más querido estaba de pie a su lado como un pálido negativo, y de piel tan blanca como la mía, aunque el pelo de Frost era plateado como el espumillón de un árbol de Navidad brillando a la luz del sol. El viento jugaba con su pelo de forma que parecía flotar tras él como una ola brillante. Parecía un modelo frente a un ventilador, pero aunque su pelo le llegaba a los tobillos y lo llevaba suelto, no se le enredaba con el viento. Le había preguntado sobre ello, y simplemente me había contestado… -Al viento le gusta mi pelo. -No había sabido qué decirle, así que no le contesté nada.

Sus gafas de sol eran de color gris plomo con cristales de un gris más oscuro para esconder el color gris más pálido de sus ojos, su rasgo más corriente, en realidad. Le sientan muy bien los trajes de diseño, pero hoy llevaba uno de los pocos tejanos que tenía, con una camiseta de un tejido sedoso y una chaqueta cruzada para esconder sus propias armas, todo combinado en tonos grises. La verdad era que habíamos planeado ir a la playa, o nunca habrían pillado a Frost en pantalones vaqueros. De los dos, Frost podría ser el que poseía unos rasgos más tradicionalmente hermosos, aunque era difícil de discernir. Eran como habían sido durante siglos, la luz y la oscuridad, una complementaria de la otra.



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