Nada más ver la hora que era, Winona abrió los ojos como platos. A esas horas solo podían llamarla por una razón. Había algún problema. Y aunque ella tenía un horario de nueve a cinco, cuando se trabajaba con adolescentes problemáticos, la realidad era que los chavales nunca se metían en líos a horas convenientes.

Encendió a tientas la lámpara y descolgó el teléfono.

– ¿Winona?

No era un chaval. Era un adulto. Más específicamente su jefe, desde la comisaría.

– Sabes que soy yo. ¿Qué ocurre, Wayne?

– ¿Sabes el jet que tenía que haber despegado anoche con destino a Asterland? ¿El vuelo donde tenían que viajar todos esos altos dignatarios?

– Sí, claro.

Lo sabía toda la ciudad.

– Bueno pues, algo fue mal. Despegó, y cuando llevaba unos minutos en el aire enviaron un mensaje por radio diciendo que tenían un grave problema. Al momento tuvieron que hacer un aterrizaje de emergencia a quince millas de Royal, en medio del campo. El avión se prendió fuego…

Los detalles no le importaban.

– ¿Y en qué puedo ayudar?

– En realidad, no lo sé.

Winona sabía que a Wayne no le gustaba que ocurriera nada en la ciudad. Tal y como lo veía él, Royal le pertenecía.

– Te estoy llamando desde el lugar del accidente. Esto ha ocurrido hace solo media hora. Primero hemos tenido que sacar a todo el mundo del avión. Solo un par de ellos parecen heridos de consideración, los demás solo están asustados. Pero no tenemos idea de lo que ha pasado.

– Wayne, dime entonces dónde quieres que vaya. ¿Al hospital, allí, a la comisaría?

– Quiero que vengas aquí.



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