Las embajadas han empezado a llamar, también han llamado desde Washington. Tenemos coches de bomberos que han venido desde Midland a Odessa para ayudarnos. Después la mitad de la ciudad, naturalmente, está empezando a pasarse por aquí, y es como intentar detener una avalancha. Si siguen así, las mujeres empezaran a traer pucheros de caldo. Esto es una locura. Tenemos que averiguar cuál fue la causa del accidente, y para hacer eso tenemos que conseguir que todo el mundo salga de aquí para poner un poco de orden. Solo quiero que mi equipo al completo esté aquí. Incluso si…

– ¿Wayne?

– ¿Qué?

– Deja de hablar; estaré ahí en veinte minutos, ¿vale?

Un accidente de avión era algo muy gordo. Conocía de vista a todos los que habían montado en ese avión, que habían estado en la fiesta del Club de Ganaderos de Texas dos noches atrás, y algunos de ellos eran amigos personales de Winona.

Sí, en Royal había algunos robos, alguna que otra pelea y gente que perdía de vez en cuando la cabeza, pero nada fuera de lo común.

De repente, oyó un ruido; un ruido extraño e inesperado que le hizo detenerse de momento en medio del pasillo. Le pareció como el llanto de un bebé; pero, por supuesto, eso era ridículo. Al ver que no se repetía, siguió su marcha.

Encendió la luz de la cocina, decorada en tonos crema y melocotón, puso en marcha la cafetera, y volvió a su dormitorio, haciendo mientras tanto una lista en la cabeza de todo lo que tenía que hacer.

Se puso un sujetador deportivo, abrió al cajón para sacar un suéter negro de lana y… De repente, irguió la cabeza.

Maldita sea. Otra vez aquel ruido; un ruido que no era habitual en su casa. ¿Sería un cachorro de perro? ¿Algún gato perdido?

En silencio, aguzando el oído, se puso el suéter, después unos calcetines y por último se calzó las botas. Agarró un cepillo de pelo. Tenía el pelo todo alborotado, claro que ella siempre lo tenía así, incluso recién salida de la peluquería.



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