Desayunó y se preparó para marcharse. En cuanto lo tuvo todo listo decidió dar una vuelta rápida por la casa para asegurarse de que aquel extraño ruido no venía de dentro. Solo tardaría un minuto. Al fin y al cabo, vivía en un pequeño bungalow; pequeño pero suyo. Bueno, suyo y del banco.

De pronto, volvió a oír el ruido, el sollozo.

Y sin perder tiempo deslizó el cerrojo de la puerta de entrada y la abrió.

Allí, junto al umbral de la puerta, había una canasta de mimbre de esas que se usaban para colocar la ropa. La canasta parecía llena de sábanas viejas, pero desde luego, de entre las sábanas emanaba un llanto.

Cuando vio al bebé, Winona se quedó paralizada.

Un bebé abandonado. Habían abandonado a un bebé.

– Ssh, ssh, no pasa nada, no llores…

Con sumo cuidado, Winona sacó al pequeño de la canasta. La mañana era muy fría, aún no había amanecido. El bebé estaba demasiado envuelto en trapos y pedazos de mantas como para verle la carita.

– Calla, calla -continuó diciendo Winona, pero el corazón le latía a cien por hora.

Un sinfín de sentimientos se agolparon en su garganta, recuerdos guardados en lo más recóndito de su memoria, causándole un dolor indescriptible. Sabía lo que era ser un niño abandonado… y lo sabría toda la vida.

En ese momento vio un papel dentro de la canasta. Solo le llevó unos segundos leerlo.

Querida Winona Raye:

No puedo cuidar de mi Angela. Usted es la única a la que puedo pedirle que lo haga. Por favor, quiérala.

Como policía experimentada que era, Winona se dio cuenta inmediatamente de varias cosas. En primer lugar, no habría modo de averiguar de dónde había salido aquel papel, ni de quién sería aquella letra de trazo claro sencillo. Y en segundo lugar, que de algún modo la madre del bebé la conocía específicamente; lo suficiente para conocer su nombre y para saber que se ocuparía del bebé.

Que desde luego lo haría.



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