Pero en ese momento no tenía tiempo para seguir pensando en eso. Hacía mucho frío y el bebé podía pillar un resfriado. Agarró el rebujo y se metió en la casa, donde había una temperatura muy agradable, sin dejar de arrullar y mecer al chiquitín.

¿Dios mío, qué iba a hacer? Sin embargo, lo más importante en ese momento era ocuparse del bebé, asegurarse de que entraba en calor y de alimentarlo. Después, Winona intentaría averiguar por qué alguien le había dejado un bebé a su puerta…

Sin embargo, sabía que el bebé sería llevado a alguna institución, porque eso era lo que ocurría cuando un niño era abandonado. Y aunque alguno de los padres se presentara inmediatamente, el tribunal pondría al menor en manos de los servicios sociales correspondientes, al menos temporalmente, porque fuera cual fuera la razón por la que un padre abandonara a su hijo, significaba que tal vez el pequeño no estuviera a salvo bajo su cuidado.

Winona conocía todos aquellos procedimientos legales, tanto por su trabajo como por su vida. Y aunque sabía que sus sentimientos eran irracionales, y demasiado emocionales, sintió algo especial hacia ese bebé que tenía en brazos. Fue un deseo repentino de proteger a esa criatura, de cuidar de ella, de salvarla. De quererla como a ella nunca la habían querido, como nunca la querrían.

Había varias maquinas expendedoras de café repartidas por el Hospital Memorial de Royal, pero sola una que utilizaba. Después de pasarse a la cirugía estética, Justin había intentado evitar la sala de urgencias, pero llegadas las diez de esa mañana estaba desesperado. Con ojos cansados, metió las monedas en la máquina, pulsó su selección de café solo, le dio una patada a la base de la máquina y esperó.

El café estaba caliente, amargo y cargado.

Fantástico.

Dio un sorbo y fue directamente pasillo adelante. Pasadas las puertas de cristal, estaba su Unidad de Plástica y Quemados. La comunidad pensaba que la unidad había sido montada gracias a una donación anónima, y a Justin le parecía bien. Lo que le importaba era que en dos años la unidad había alcanzado la reputación de ser la mejor del estado. No podía pedir más. Tenía el equipamiento y la tecnología más modernos. Las paredes eran de color aguamarina, el ambiente estéril, sereno. Un lugar perfecto.



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