
El principal propósito de aquella juerga de etiqueta era Anna. Cualquier que no estuviera en el ajo habría encontrado la situación algo extraña. ¿Qué podrían tener en común un grupo de tejanos con la realeza de los pequeños países europeos de Obersbourg y Asterland? Pero meses atrás, la Princesa Anna había estado metida en un buen lío, y el Club de Ganaderos de Texas había acudido en su ayuda. En dos días, doce ciudadanos de los dos países volverían a Europa en un jet privado; sin Anna, por supuesto, que se había enamorado perdidamente de su novio y de Texas. Aquella fiesta era una oportunidad para que la familia de Anna, y el gobierno, le dieran las gracias a los miembros del Club de Ganaderos de Texas… Y una oportunidad para que el Club afianzara los vínculos con cada uno de los dos países.
Justin se terminó el whisky, pensando en lo extraña que resultaba aquella celebración. No porque estuviera celebrándose una fiesta. A decir verdad, el Club de los Ganaderos de Texas ponía cualquier excusa para dar una fiesta formal, y cuanto más grande, mejor. Pero habitualmente el grupo mantenía la reserva en cuanto a otras actividades más «privadas», por así decirlo. Al mundo se le daba bastante mal proteger a los seres inocentes. Y no significaba que el Club metiera las narices cuando había algún alboroto, pero a veces la vida de un inocente estaba pendiente de un hilo; una situación en la que o bien fallaba la diplomacia, o bien resultaba tan peliaguda que el recurrir a las vías normales sencillamente no daba resultado.
Un negro pensamiento se le pasó por la cabeza, robándole la alegría y desatando en él una gran zozobra. Él era el único miembro del Club que no poseía un arma. Sus abuelos habían sido importantes granjeros y petroleros, y cualquiera que viviera en una gran hacienda en aquellos parajes tan aislados sabía manejar un rifle. Se dio cuenta de que sus demás compañeros tenían algo de preparación militar; pero él rescataba a las personas con el bisturí.
