
– Oh, sí, sí.
Riley rellenó el vaso de Justin haciendo una fioritura, y seguidamente se volvió para sacar la botella de schnapps de importación de Klimt. Actos seguido, empezó a relatar la historia por la que el señor Klimt se había interesado.
La orquesta había empezado a interpretar un vals antiguo. Aaron Black pasó bailando junto a él con una joven feúcha. Justin creyó reconocerla. ¿Pamela…? No recordaba su apellido. ¿Sería una profesora? Se la veía muy tímida, muy formal.
Mejor aún que no estuviera bailando con Win. Justin paseó la mirada por la concurrencia. Vio a Aaron, vio a Matt, vio a… Por fin volvió a verla. Esa vez estaba bailando con un hombre de pelo negro como el azabache y extraordinarios ojos grises; una fila de blancos dientes brillaban en una sonrisa que rara vez aparecía en aquel rostro… el del jeque. Ben; otro miembro y compañero del Club, gracias a Dios, de modo que Justin no tenía que preocuparse de que no estuviera con algún caballero.
Confiaba en Ben lo mismo que confiaba en Aaron y en Matt. Les confiaría su vida. Pero confiarles a una mujer soltera y atractiva era harina de otro costal; sobre todo porque los hombres no tenían ni idea de lo mucho que él la quería.
Ni lo tendrían.
Toda esa vigilancia Justin la estaba llevando a cabo mientras charlaba con Riley y aquel invitado europeo que parecía tan interesado en conocer más sobre la leyenda más conocida del lugar.
Alguien interrumpió al jeque. Dakota Lewis.
Justin los siguió con la mirada sobre la pista y se vio impelido a sonreír. Dakota no era muy buen bailarín. Win tendría suerte si salía de la pista ilesa. Dakota aparentaba lo que era; no llevaba uniforme, pero su posición de militar retirado quedaba clara en la postura de su cuerpo y en su corte de pelo. A Justin no le preocupó ver a Dakota y a Winona juntos. Desde su divorcio, Dakota no había mostrado interés en ninguna mujer.
El hombre con el que habían estado charlando Riley y Justin se perdió entre los asistentes con su pequeña copa de schnapps en la mano.
