
– El mismo -añadió el segundo entrenador.
– Ahora lo pillo.
– Eh, entrenador Bobby -dije.
– ¿Qué?
– Deje al chico en paz.
Frunció el entrecejo.
– No querrá meterse conmigo.
– Tiene razón. No quiero. Quiero que deje al chico en paz.
– Ni hablar, amigo. -Sonrió y se me acercó un poco más-. ¿Le causa algún problema eso?
– Sí, por supuesto.
– Entonces, ¿qué le parece si usted y yo lo discutimos un poco cuando acabe el partido? ¿En privado?
Las chispas comenzaron a encenderse en mis venas.
– ¿Me está retando a una pelea?
– Sí. A menos, por supuesto, que sea un gallina. ¿Es un gallina?
– No soy un gallina -respondí.
Algunas veces soy muy bueno en las réplicas cortantes. Intento mantenerme a la par.
– Tengo un partido que dirigir. Pero después usted y yo arreglaremos cuentas. ¿Me sigue?
– Lo sigo.
De nuevo con la réplica instantánea. Voy lanzado.
Bobby apoyó un dedo en mi cara. Pensé en mordérselo; eso siempre capta la atención de cualquiera.
– Es un hombre muerto, Bolitar. ¿Me oye? Un hombre muerto.
– ¿Un hombre tuerto?
– Un hombre muerto.
– Oh, claro, porque si fuese tuerto, no le vería muy bien. Ahora que lo pienso, si fuese un muerto, tampoco podría.
Sonó la bocina. Pat dijo:
– Vamos, Bobby.
– Un hombre muerto -repitió él.
Me llevé una mano al ojo, como si fuese tuerto, y grité: ¿Dónde está? Pero ya se había marchado.
Lo observé. Tenía aquel balanceo lento y seguro, los hombros echados hacia atrás, los brazos moviéndose casi demasiado. Iba a gritarle algo estúpido cuando sentí una mano en mi brazo. Me volví. Era Ali, la madre de Jack.
– ¿De qué iba todo esto? -preguntó Ali.
Ali tiene unos enormes ojos verdes y una cara bonita y franca que encuentro irresistible. Quería levantarla y besarla, pero algunos dirían que ése no era el mejor lugar.
