
– Parte del juego, amigo.
– ¿Burlarse de un chico de diez años es parte del juego?
– Meterse en su mente. Forzar a tu oponente a cometer un error.
No dije nada. Me tomó la medida y decidió que, podía conmigo. Los tipos grandes como el entrenador Bobby están seguros de que pueden con casi todos. Yo únicamente lo miré.
– ¿Tiene algún problema? -preguntó.
– Son chicos de diez años.
– Sí, claro, chicos. ¿Qué es usted, uno de esos padres mariquitas que creen que todos han de ser iguales en la cancha? Nadie debe sentirse herido, nadie debe ganar o perder… Eh, quizás incluso ni siquiera deberíamos llevar el marcador, ¿no?
El segundo entrenador del Kasselton se acercó. Vestía una camisa a juego que decía «Segundo entrenador Pat».
– ¿Bobby? Está a punto de comenzar la segunda parte.
Me acerqué un paso.
– Déjelo en paz.
El entrenador Bobby me dirigió el previsible gesto burlón y respondió:
– ¿O qué?
– Es un chico sensible.
– Bu, bu. Si es tan sensible, quizás no debería jugar.
– Y quizás usted no debería entrenar.
El segundo entrenador, Pat, se adelantó. Me miró, y aquella sonrisa cómplice que yo conocía muy bien apareció en su rostro.
– Vaya, vaya, vaya.
– ¿Qué? -preguntó Bobby.
– ¿Sabes quién es este tipo?
– ¿Quién?
– Myron Bolitar.
Casi podías ver como Bobby procesaba el nombre, como si en la frente tuviese una ventana y el hámster que corría en la rueda estuviese cogiendo velocidad. Cuando las sinapsis acabaron su función, su sonrisa casi arrancó las esquinas de la perilla.
– Aquella gran «superestrella» -llegó incluso a marcar las comillas con los dedos- que no pudo entrar con los profesionales. ¿El famoso fracaso de la primera vuelta?
