
Jack frunció el entrecejo.
– Quizás en otro momento.
Esperé que Jack dijese «jooo, mamá», pero quizás él también había percibido algo en su tono. Agachó la cabeza y luego se volvió hacia mí sin decir nada más. Chocamos los nudillos -así era como nos decíamos hola y adiós, el saludo de los nudillos- y Jack fue hacia la puerta.
Ali hizo un gesto con los ojos para que mirase a la derecha. Seguí el gesto hasta el entrenador.
– Ni sueñes pelearte con él.
– Me desafió -respondí.
– Los grandes hombres se apartan.
– Quizás en las películas. En los lugares llenos con polvos mágicos, conejos de Pascua y hadas bonitas. Pero en la vida real, el hombre que se aparta es considerado un cobardica de tomo y lomo.
– Entonces por mí, ¿vale? Por Jack. No vayas a ese bar esta noche. Prométemelo.
– Dijo que si no iba, buscaría satisfacción o algo así.
– Es un bocazas. Prométemelo.
Me obligó a mirarla a los ojos.
Titubeé pero no mucho tiempo.
– Vale, no iré.
Ella se volvió para alejarse. No hubo ningún beso, ni siquiera uno en la mejilla.
– ¿Ali?
– ¿Qué?
El pasillo de pronto pareció muy vacío.
– ¿Hemos acabado?
– ¿Quieres vivir en Scottsdale?
– ¿Quieres que te responda ahora mismo?
– No. Pero yo ya sé la respuesta. Tú también.
3
No estoy muy seguro de cuánto tiempo pasó. Quizás un minuto o dos. Entonces me fui hacia el coche. El cielo estaba gris. La llovizna me mojó. Me detuve por un momento, cerré los ojos y alcé el rostro al cielo. Pensé en Ali. Pensé en Terese en un hotel de lujo de París.
Bajé el rostro, di dos pasos más y fue entonces cuando vi al entrenador Bobby y a sus colegas en un Ford Expedition.
Un suspiro.
Los cuatro estaban allí: el segundo entrenador Pat al volante, el entrenador Bobby en el asiento del copiloto y los otros dos trozos de carne con ojos sentados atrás. Saqué el móvil y apreté la tecla de marcado rápido. Win respondió a la primera.
